RENACER CULTIRAL

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Solo la cultura salva los pueblos.

lunes, 16 de abril de 2018

El plan exterminador de los indios con coches de lujo, diamantes y criados blancos


Una de las fotografías antiguas que se conservan en el Osage Tribal Museum Osage Tribal Museum
Eran los Osage, de una tierra rica en petróleo en Oklahoma, los más acaudalados del mundo. Por eso un millonario blanco apodado 'el Rey' ideó una conspiración para aniquilarlos, que llevó a EEUU a crear el FBI
Antes, hasta fueron recibidos con honores en el Capitolio. Asesinos a sueldo fueron matándolos a tiros o haciéndolos desaparecer en "los felices años 20"
Ahora, una investigación, que el periodista David Grann convierte en libro, cuenta la masacre silenciada
¿Dónde se había metido Anna Brown? Era 24 de mayo y hacía tres días que su familia no sabía nada de ella. ¿Se habría montado otra de sus juergas que duraban días y en las que sólo se bebía y se bailaba en el campo y en el desierto, entre los cortados y las barrancas del norte de Oklahoma?
Probablemente. A sus 31 años, y desde su divorcio pocos meses antes, Anna bebía cada vez más. Encima, el alcohol que se tomaba era destructivo, porque era ilegal. En enero de 1920, o sea, 15 meses antes, había entrado en vigor la 18ª Enmienda de la Constitución de EEUU y el alcohol estaba prohibido. El 21 de mayo, antes de desaparecer, Anna se había presentado en una comida en casa de su hermana pequeña, Molly, y el esposo de ésta, Ernest Burkhart (sobrino de uno de los hombres blancos más ricos de la zona, William Hale, alias el Rey), completamente borracha. No era algo infrecuente. Un criado de Anna la había definido como alguien que bebía muchísimo y tenía «una moral muy relajada con los hombres».
Que Anna tuviera criados a su servicio habría noqueado a la mayoría de sus compatriotas en aquel mayo de 1921. Como también que sus dientes postizos fueran de oro. Porque Anna Brown era india. Eso la situaba en el escalafón más bajo. De hecho, un tercio de esa comunidad no eran ni siquiera ciudadanos.
Pero Anna tenía criados. Como su familia. De hecho, una de las sirvientas de la comida en casa de Molly y Ernest era blanca. Eso fue un motivo de humillación para la tía de este último, también blanca, que lamentó en voz alta que su sobrino se hubiera casado «con una piel roja». Que un blanco sirviera a un nativo era inconcebible. Como si un perro paseara a una persona con una correa al cuello por la calle.
La razón de la riqueza de Anna y Molly era su pertenencia a la tribu Osage, una comunidad cuyo colapso como cultura parecía haber quedado sellado en 1870, cuando tuvo que ceder a los descendientes de los europeos un territorio de una extensión similar a toda España que, a su vez, ella había arrebatado a otras comunidades cientos de años atrás. «Cuando los colonos blancos llegamos a un país, los indios tienen que irse», le explica Charles Ingalls a su hija Laura en el archifamoso libro La casa de la pradera, que se desarrolla en Kansas, el corazón del antiguo territorio osage.
Acosados por naciones indias que, con el apoyo de los blancos, querían llevar a cabo un ajuste de cuentas de dimensiones históricas, los Osage buscaron un sitio «en el que el hombre blanco no pueda arar», como dijo su entonces líder Wah-Ti-An-Kah. Y compraron el terreno más pobre: un área algo menor que la provincia de Pontevedra en el norte de lo que hoy es Oklahoma, y que entonces era el mayor gueto del mundo, el sitio en el que EEUU iba amontonando a las tribus que no habían sido exterminadas.

De la extinción a la riqueza

Diezmados por la viruela, sin recibir las ayudas prometidas por el Gobierno y obligados a practicar la propiedad privada -algo que no entendían y que fue usado para que los colonos blancos se quedaran con las mejores tierras a precio de ganga-, los Osage parecían abocados a la extinción cultural cuando, en 1895, el abogado de Kansas Henry Foster les compró los derechos de exploración del subsuelo. Un subsuelo en el que había petróleo. Mucho petróleo. En EEUU, el dueño de un terreno lo es también del subsuelo, al contrario que en España, donde es del Estado.
El 10% de los ingresos por la venta del crudo fueron transferidos a la tribu. Y en una década los Osage pasaron de ser una sociedad tribal víctima de una limpieza étnica a la comunidad más rica de EEUU y, posiblemente, del mundo. Vivían en mansiones, se movían en coches de lujo, lucían diamantes... Incluso fueron recibidos en la Casa Blanca y el Capitolio. «Lo, el Pobre Indio», como llamaban las clases educadas a los indígenas, citando al poema Ensayo sobre el hombre de Alexander Pope, se convirtió en motivo de envidia nacional. «Lo, el Rico Indio», tituló la revista Harper's.
Pero ninguno de los cientos de artículos sobre los Osage citó a Anna Brown. Ni los cientos de asesinatos y desapariciones que se produjeron en aquellos años. Nadie se enteró de que estaban siendo exterminados por todos los medios posibles (a tiros, con bombas y con veneno) para que los colonos blancos se hicieran con la propiedad de los terrenos donde estaba el petróleo.
Las cifras oficiales recogen 24 asesinatos. En realidad, fueron centenares. Acaso uno de cada 20 miembros de la tribu murió de este modo en menos de una década. De haber afectado a cualquier grupo que no fuera indígena, las «muertes Osage», como se conoce a la silenciosa matanza, no habrían necesitado que uno de los periodistas más influyentes de EEUU, David Grann, las rescatara casi un siglo después en un libro que es la revelación del año y que en 2019 se transformará en una película de Hollywood dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por Leonardo DiCaprio: Killers of the Flower Moon: The Osage Murders and the Birth of the FBI (Los asesinos de la flor de la Luna: las muertes de los Osage y el nacimiento del FBI). [El periodista de The New Yorker repetirá experiencia tras publicar la novela La ciudad perdida de Z: La última expedición en busca de El Dorado, sobre el explorador desaparecido en el Amazonas Percy Fawcett, convertida también en película].
Era como una epidemia. Una semana antes de que Anna Brown desapareciera, Charles Whitehorn, un osage de 31 años, se había despedido de su esposa para realizar un breve viaje y no había regresado nunca. El 28 de mayo, una cuadrilla de obreros que estaba montando un pumpjack (un pozo de petróleo) encontró su cadáver semienterrado con dos balazos en la frente.
Ese día, un padre y un hijo que estaban cazando ardillas se toparon en el cauce seco de un río con un cadáver de mujer en estado de descomposición. Era imposible reconocerla, hasta que llegó una caravana de borrachines, traficantes de alcohol, y Molly y Ernest Burkhart (la hermana de Anna y su marido). Los dientes de oro y las ropas dieron nombre al cuerpo: Anna Brown. Había sido asesinada con la misma arma que mató a Whitehorn.
Los Osage ricos estaban siendo exterminados, y sus derechos petroleros no siempre pasaban a sus herederos legales: muchos miembros de la comunidad eran legalmente «salvajes» y no podían gestionar su herencia sin la autorización de un hombre de origen europeo que actuara como lo que legalmente se llamaba «guardián del indio». En julio murió la madre de Molly, Lizzie. La familia pensó que la habían envenenado. Y también atribuyó al veneno el súbito fallecimiento de Minnie, la hermana pequeña de la familia a los 27 años. Su herencia pasó a ser administrada por un «guardián».
Los Osage se movilizaron, y emplearon sus recursos financieros para contratar a detectives privados que hicieran lo que los sheriffs locales no hacían: investigar. Los detectives combinaban las técnicas de investigación más avanzadas de la época con el soborno, el chantaje y el secuestro. Aun así, fueron asesinados uno a uno. Sus cadáveres aparecieron en la pradera. A uno lo tiraron de un tren en marcha.
Oklahoma era brutal. Apenas dos días después de que se descubrieran los cadáveres de Brown y Whitehorn, estallaron disturbios entre blancos y negros en Tulsa, a apenas 100 km de allí. Todo empezó cuando un limpiabotas negro entró en el ascensor de un edificio, algo prohibido a los de su raza. Cuatro días después, cuando la paz regresó a la ciudad, se habían producido 300 muertes, 6.000 afroamericanos habían sido arrestados y los blancos habían lanzado bombas sobre los barrios negros. Había demasiada violencia y corrupción como para que los asesinatos de indígenas preocuparan a las autoridades.

El nacimiento del FBI

La caza al osage continuó. En 1923 fue asesinado Henry Roan, primo de Anna, Molly y Minnie. El Consejo Tribal Osage pidió ayuda a una nueva agencia cuya tarea era controvertida, porque era la primera policía que cubría todo el territorio de EEUU y no dependía de los estados sino de Washington: el FBI.
Su director, J. Edgar Hoover, aceptó el caso por astucia política, según Grann. Necesitaba cimentar el prestigio político y administrativo de la organización, y los «asesinatos Osage» eran un caso perfecto. Hoover puso al frente de la investigación a un agente llamado Tom White, al que dio presupuesto ilimitado e hilo directo con Washington.
White necesitó esos recursos. Cuando llegó a Oklahoma en 1925, se encontró con que los investigadores ni tan siquiera habían interrogado a Molly y Ernest Burkhart. Tuvo que organizar su propio equipo infiltrando a agentes encubiertos por todo el territorio osage que se hicieron pasar por cowboys, vendedores ambulantes y empleados de las petroleras. Los intocables de Eliot Ness pero en el Oeste salvaje y persiguiendo a asesinos de indios en vez de a Al Capone.
En pocos meses, White y su red identificaron, si no a todos los culpables, sí al menos a parte de ellos. Concretamente, a los asesinos de Anna Brown y su hermana Minnie, que entonces estaban envenenando a la propia Molly. Las muertes habían sido planeadas por William Hale, el Rey, y ejecutadas por sus sobrinos, Bryan y Ernest Burkhart: el mismo Ernest Burkhart que estaba casado con Molly.
«Molly pensaba que él la amaba. Habían tenido dos hijos. Cuando descubrió que era uno de los asesinos, tuvo que estar presente en los juicios y enterarse de los secretos de su esposo, de esos asesinatos que habían tenido lugar dentro de su propia casa», ha declarado Grann.
Bryan nunca fue a la cárcel. Hale sólo fue condenado por el asesinato de Roan y quedó en libertad a los 19 años. Ernest estuvo en prisión 30 años. El desmantelamiento de la red tuvo un efecto inmediato: fue una señal de que se había terminado la carta blanca para matar indígenas. Pero para entonces el daño ya era enorme. Una cantidad considerable de hombres blancos tenían derechos sobre el petróleo. Fue, en cierto sentido, la última guerra india de EEUU. Y el resultado, el mismo que en las anteriores.
http://www.elmundo.es/cronica/2018/04/12/5aca65bd268e3e46268b45b0.html