RENACER CULTIRAL

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lunes, 12 de marzo de 2018

La expedición patrocinada por la Unión Soviética en busca de Shambala, el mítico reino perdido t ibetano.

Fotografía de la expedición en el Karakorum
l Dorado, las Siete Ciudades de Cíbola, Paititi, el reino del Preste Juan…Si alguien que cree que este tipo de lugares perdidosen espera de ser descubiertos eran una exclusiva de los crédulos conquistadores españoles de los siglos XVI y XVII se equivoca; es sobradamente sabido que en el segundo cuarto del XX los nazis enviaron diversas expediciones en busca de sitios tan improbables como Thule, Hiperbórea, Agartha o el centro de la Tierra, presuntos orígenes de la raza aria. Pero, curiosamente, al menos uno de esos raros rincones despertó también el interés de los bolcheviques y mucho antes: Shambala.
Shambala era un rico y mítico reino tibetano donde tradicionalmente se situaba el nacimiento de Kalki, la última encarnación de Vishnú, tal como refieren algunos textos hindúes como el Vishnu Purana, el Majabhárata o el Bhagavata-purana, entre otros; también el budismo lo reseña, a través del Mipham, explicando que cuando el mundo entre en una era de destrucción y odio será el rey de Shambala quien asuma la responsabilidad de ponerle fín manu militari e iniciar un nuevo período de paz y prosperidad.
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Las dos versiones son, en realidad, la misma adaptada a sus respectivas creencias. Sin embargo, y pese a su exotismo, la leyenda de Shambala tuvo una amplia difusión en la cultura occidental a caballo entre los siglos XIX y XX, prolongándose en este último hasta los años veinte y treinta. Aunque se había oído hablar de ese reino ya cientos de años antes, desde que los misionero portugueses lo mencionaran como Xembhala pero pensando que era un nombre más para referirse al Catay de Marco Polo (o sea, a China), Shambala entró en el imaginario de escritores, teósofos y geógrafos. Era cuestión de tiempo que alguien emprendiera su búsqueda y el honor recayó en el país a priori más insospechado para ello: la recién creada Unión Soviética.
En realidad el tema había llamado la atención de más naciones con intereses en la zona, como Reino Unido; no en vano estaban aún calientes los rescoldos del Gran Juego, aquella especie de partida de ajedrez geoestratégico que jugaron el Imperio Británico y el Ruso por el dominio de Asia y al que ahora se habían sumado franceses, alemanes, japoneses y chinos. Sorprendentemente, quienes se decidieron a dar el paso de explorar in situ fueron los bolcheviques, en la persona de un jefe de la Cheka (policía secreta) especializado en criptografía llamado Gleb Bokii, quien, junto a su amigo escritor Alexander Barchenko, proyectó la búsqueda de Shambala en la primera mitad de los años veinte. El porqué no podía resultar más pintoresco: fusionar la filosofía oriental con la ideología comunista para conseguir el ciudadano perfecto; de paso, se reforzaría la influencia de la Unión Soviética en la región de Asia Central. Pero, al final, una serie de intrigas y celos entre el servicio de inteligencia y Asuntos Exteriores dieron al traste con el plan al dejarlo sin prespuesto.
Representación de Kalki
Representación de Kalki
No obstante, Bokii no tiró la toalla y decidió seguir adelante por una vía indirecta: recurriendo a una pareja de expatriados rusos llamados NikoláiHelena Roerich, famosos eruditos, que prepararon una expedición bajo bandera estadounidense. Él era un prestigioso arqueólogo y pintor para el que aquel viaje suponía una oportunidad de oro, mientras que ella, escritora y filósofa, conocía el tema por haber traducido la obra de La doctrina secreta, de Madam Blavatsky, en la que se citaba a Shambala. Además, su hijo Georgui era un consumado tibetólogo y políglota, experto en el diseño de campañas militares. Aunque los Roerich no eran comunistas, Bokii pensó que lo importante era encontrar Shambala y luego ya vería la forma de aprovecharlo, así que llegó a un acuerdo con ellos y los puso en contacto con Georgui Chicherin, ministro de Exteriores soviético, y con Trilisser Meer, jefe de espionaje; el estado les financiaríaa cambio de que informaran sobre los movimientos de los espías británicos y franceses en aquel área. Hubo acuerdo; “Lenin está con nosotros” escribió Helena en su diario.
Los Roerich se pusieron en marcha. A lo largo de cuatro años, entre marzo de 1925 y mayo de 1928, visitaron Moscú, pasaron a Siberia, Cachemira y Mongolia, cruzaron el desierto de Gobi, atravesaron una treintena de puertos de montaña y caminaron 25.000 kilómetros de dificil orografía bajo duras condiciones climáticas, ora pasando calor tórrido, ora muertos de frío, unas veces acosados por bandidos, otras envueltos en guerras tribales, pero tomando nota de todas sus experiencias tanto por escrito como en las extraordinarias pinturas que realizaba Nikolái, reputado artista. Así llegaron al Himalaya, donde las penalidades se intensificaron: la comida empezó a escasear, el aire gélido les cegó la vista y a los salteadores no les disuadía la bandera de barras y estrellas. Una tormenta de nieve estuvo a punto de acabar trágicamente con ellos en el Karakorum.
Helena y Nikolí Roerich
Helena y Nikolí Roerich
Esta epopeya personal quedó plasmada en un libro que publicaron a la vuelta, titulado Shambala la Resplandeciente, que va más allá del estricto y aséptico tono científico del diario de viaje y en el que se incluyen visiones muy personales adornadas con las citadas ilustraciones. Ahora bien, Shambala no apareció. Al menos que sepamos, ya que la URSS decidió cortar su colaboración con la expedición y cerró el grifo de dinero, con lo cual los Roerich también dejaron de enviar información y desaparecieron. Al parecer, y es difícil establecerlo con precisión porque el diario de viaje se contradice a menudo con el libro, fueron hechos prisioneros por los tibetanos durante un tiempo y luego, ya liberados, pasaron a la India.
Según declararon, un sabio anciano les había mostrado la entrada al misterioso reino en las montañas de Altái, en el Valle de Uimon, pero estaba cegada con rocas. En cualquier caso, a su regreso a Estados Unidos trabaron buena relación con Roosevelt, fruto de la cual fue el patrocinio para una nueva expedición, esta vez a Manchuria entre 1934 y 1935. Con el tiempo, Nikolái Roerich fue tres veces candidato al premio Nóbel de la Paz por promover el pacto que lleva su nombre (un acuerdo internacional sobre la protección de monumentos históricos e instituciones artísticas) y se bautizó con su nombre una montaña de la cordillera Altái e incluso un planetoide en 1969; hoy tiene su propio museo en Nueva York. Mientras, se supone que el soberano de Shambala sigue esperando en su reino a que el mundo se vuelva lo suficientemente loco como para intervenir.
https://www.labrujulaverde.com/2016/10/la-expedicion-patrocinada-la-union-sovietica-en-busca-de-shambala-el-mitico-reino-perdido-tibetano

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