RENACER CULTIRAL

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miércoles, 31 de enero de 2018

CÉSAR BORJA
          Nacido en Roma el 13 de septiembre de 1475, era hijo de Rodrigo de Borja y Rosa Vanozza de Catanei,   desde su infancia, su educación estuvo dirigida hacia la carrera eclesiástica, así estudió en el Colegio de la Sapienza
en Perugia, siendo llevado más tarde a la Universidad de Pisa, donde estudió leyes bajo la tutela de Felipo Decio. Al cumplir los 14 años, la presión ejercida por su padre, Rodrigo Boja, ante el Papa Inocencio VIII, dieron lugar a su nombramiento en 1491, como obispo de Pamplona y el año siguiente, una vez que su padre había sido elevado a la silla de San Pedro, arzobispo de Valencia y cardenal de la Iglesia Romana. Todo parecía augurarle un gran futuro en el mundo religioso, pero hubo un cambio radical de actitud en César merced a su amistad con el rey de Nápoles, Alfonso II.  Todo comenzó a girar en 1494, con ocasión de la guerra promovida por el monarca francés Carlos VIII y la coalición napolitano-pontificia de Alfonso II y Alejandro VI. El ejército francés sitió Roma en diciembre de 1494, por lo que Alejandro VI, incumplida la alianza por parte de Alfonso II, se vió en la necesidad de negociar una paz con Carlos VIII, César fue entregado a los franceses como rehén, pero éste nada más cruzar la frontera, disfrazado de palafrenero, se fugó. Su regreso a Roma fue triunfal, pasando así de los altares a los campos de batalla. 
            Las ciudades italianas habían sufrido un duro golpe con la invasión francesa, los Sforza milaneses apenas pudieron ofrecer resistencia, mientras que los Médici florentinos, fueron expulsados de la ciudad y despojados de sus bienes por Carlos VIII. Ante tan tamaño descalabro, solamente Alejandro VI, con la ayuda de César y de Juan de Borja, duque de Gandía, capitán general de las tropas pontificias y gonfalonieri de la Iglesia Romana, pudo salvar el envite de los franceses, manteniendo intacto su prestigio y poderío.
  
          El 16 de junio de 1497, apareció el cadáver de Juan de Borja, cosido a puñaladas,  flotando en el Tiber, todas las miradas y todos los chismorreos se alzaron para acusar del asesinato a su hermano César, que había estado cenando con él la noche anterior. Alejandro VI ordenó una investigación, no dando ningún resultado salvo, dar comienzo a la primera de las leyendas negras de César Borja. Pero los acontecimientos parecían dar la razón a quienes sospechaban de él, pues los títulos de Juan Borja, capitán general de las tropas pontificias y gonfalonieri de la Iglesia Romana pasaron a César, salvo el ducado de Gandía, que fue administrado por la esposa de Juan, María Enríquez de Luna, hasta la mayoría de edad de su hijo Juan de Borja, padre de San Francisco de Borja. César con su ejército pretendía hacerse con el control de la Romaña, contaba con la ayuda de los antiguos enemigos de su padre, los franceses; Luis XII, sucesor de su padre Carlos VIII, había repudiado a su primera mujer Juana de Francia, para contraer matrimonio con Ana de Bretaña, César fue el encargado de llevar a Paris las bula autorizando el divorcio, pero no iba a ser gratis, César impresionó al joven monarca, que le concedió el titulo de duque de Valentinois. Al año siguiente las alianzas entre el rey galo y el duque de Valentinois se convirtieron en un mutuo acuerdo para repartirse el norte de Italia, César Borja casó con Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra, Juan de Albret, emparentada con la casa real de Francia.
            En enero de 1500, tras una primera campaña bajo las órdenes de Alejandro VI, hizo su entrada triunfal en Roma el 26 de febrero de 1500 y se separó de los intereses de su padre para realizar sus planes sobre la Romaña: entre marzo y octubre de 1500, las tropas del duque de Valentinois sometieron amplias zonas del norte de Italia: Ímola, Forlí y Cesena; Rímini; Faenza; y, finalmente, Pésaro, donde efectuó una entrada triunfal,  el 27 de octubre de 1500, tras derrotar en batalla a Giovanni Sforza. Al año siguiente, derrotó en el campo de batalla a las tropas de Gunibaldo, duque de Urbino, y a las de Giulio Varano, señor de Camerino, por lo que unió estos territorios a su extenso patrimonio. Aún,  antes de que finalizase 1501, estableció la paz en Nápoles a instancias de Alejandro VI, entrando en la ciudad y arrasándola en una demostración de poderío. Tras una nueva entrada triunfal en Roma, Alejandro VI, a medio camino entre la admiración y el temor por el poder militar de su hijo, sancionó de facto su gobierno en el norte de Italia al nombrarle duque de Romaña, con lo que César cumplió uno de sus anhelados objetivos políticos.
            A su indudable capacidad militar, y a  su valentía personal, César Borja unió una astucia sin escrúpulos y una enorme capacidad para aprovecharse de las debilidades de sus enemigos. Así, cuando los oficiales toscanos del ejército de los Médici florentinos iniciaron, a comienzos de 1502, un motín; el duque de Valentinois acudió rápidamente a la Toscana para ofrecerles lo que quisieran a cambio de que peleasen para él. La inusual quinta columna, financiada por César Borja, se hizo con el control de Florencia y volvió a expulsar a los Médici de sus estados, rápidamente incorporados al patrimonio del duque. No obstante, los Médici, conocedores de las apetencias de Luis XII sobre el territorio, decidieron ponerse en manos del monarca francés para que, a cambio de la ayuda para recuperar Florencia, le rindiesen vasallaje. Con mucho menos carácter que su padre, Luis XII cayó en la trampa y envió a Florencia un ejército que venció a César, restableciendo la situación. Pero el duque de Valentinois no se iba a conformar fácilmente, y en un golpe de audacia, se dirigió hacia Asti, donde se hallaba el rey galo, pidiéndole excusas por el comportamiento de sus tropas, pretextando su desconocimiento sobre el interés franco en este territorio y, con un cinismo enervante, culpó a los capitanes de su ejército de la toma de Florencia sin sus órdenes. Las loas, alabanzas, regalos y lisonjas de César lograron que Luis XII retirase el ejército de la Toscana, con lo que se abrió de nuevo el campo para los intereses del duque.
            Parece como si después de la entrevista de Asti, todo cambiara, pues, a su regreso
a Italia, parte de su tropa se había sublevado y se habían hecho con el control de Ímola. Era evidente que los Médici se hallaban detrás, querían pagar al duque de Valentinois con la misma moneda. César no se arredró ante la situación: fingió negociar con los Médici a la par que arrinconaba a los insurrectos en las cercanías de Senigaglia, y sobornó a algunos soldados rebeldes para que divulgasen la falsa noticia de que había firmado un acuerdo con los florentinos, así, el 31 de diciembre de 1502 tuvo lugar lo que la historiografía italiana ha denominado il bellisimo inganno de Senigaglia, César Borja se presentó ante los capitanes rebeldes para, después de la paz con Florencia, firmar idéntico pacto con ellos; a los pocos minutos, sus tropas leales y los sobornados se hicieron con el control de la situación, y desarmaron a los insurrectos. Todos los que le habían traicionado, mayoritariamente miembros de la familia Orsini, rival romana de los Borja, fueron ejecutados, entre ellos los valerosos caballeros Oliverotto de Fermo, Paolo Ursino y Vitellozzo Vitelli. 
            El resto de tropas insurrectas, dispersas por la Toscana, que no habían acudido a Senigaglia, regresaron a la obediencia del duque, y le ayudaron a recuperar Montefeltro, Urbino y Camerino. Espoleado, a comienzos de 1503 comenzó otra ofensiva sobre los territorios del sur de la Romaña, que aún eran autónomos, se hizo con el gobierno de Siena, derrotando a los Petrucci, y de Perugia, donde había residido de adolescente, expulsando a los Baglione. Sin embargo, en esta última campaña las cosas habían cambiado: antes el pueblo le recibía con júbilo, pero la falta de escrúpulos demostrada en Asti y Senigaglia, así como el saqueo constante por parte de sus ejércitos, hizo que el número de sus detractores aumentase. El caballero Francisco de Gonzaga le retó a un duelo singular, "queriendo librar con la espada y la daga a Italia del temido y odiado enemigo".
            El referido duelo fue la demostración de que,  su suerte había declinado. En agosto de 1503 regresó a Roma, pues la salud de su padre, Alejandro VI, se resintió, anunciando la posibilidad de unas elecciones pontificias; César, quería asegurarse de que el nuevo ocupante de la silla de San Pedro fuera favorable a sus intereses. Sin embargo, durante la celebración de un convite en el Palacio vaticano, varios de los asistentes cayeron enfermos, entre ellos Alejandro VI y el duque de Valentinois. De nuevo, la sombra del envenenamiento planeó sobre la cabeza de César, su padre fallecería a los pocos días y el duque, visiblemente mermado de fuerzas, fue confinado, por sus enemigos, so pretexto de curarle la enfermedad, al Castillo de Sant'Angelo, que tuvieron las manos libres para elegir como nuevo pontífice a Francesco Todeschini-Piccolomini, Pio III, miembro de una familia opuesta a los Borja. Pero Pío III falleció el 18 de octubre de 1503, ¿un nuevo envenenamiento?, el nuevo papa, Giuliano della Rovere, elevado al solio con el nombre de Julio II, era enemigo personal de César, ya que siempre había criticado el uso de los ejércitos pontificios para sus intereses personales. El duque de Valentinois, no pudo evitar la elección, ni que el recién nombrado pontífice emitiese una orden de prisión contra él, hasta que no devolviese todo su patrimonio a sus legítimos dueños.
            La orden de prisión le llegó a César cuando, libre de la enfermedad, abandonó el castillo de Sant'Angelo, y se negó a acatarla, para lo que hizo valer la obediencia de sus súbditos y gobernadores en la Romaña, las discusiones entre ambos personajes fueron subiendo de tono hasta que, César Borja fingió aceptar las condiciones de Julio II y se trasladó a Nápoles, para intentar aliarse con algunos nobles partenopeos y formar un nuevo ejército. La trama fue descubierta por el virrey aragonés de Sicilia, Hugo de Cardona, quien puso a Fernando el Católico en conocimiento de la situación, así como al propio papa. Entre ambos aliados determinaron poner al duque en manos del monarca aragonés, por lo que fue trasladado a Valencia y hecho prisionero por Fernando a principios de 1504, primero en el castillo de Chinchilla y, posteriormente, en la inexpugnable fortaleza de la Mota, en Medina del Campo. No obstante, el indómito carácter de César Borja le llevó a quebrar los muros de su prisión, y escapó el 25 de octubre de 1506, disfrazado de campesino. Corrió a refugiarse en territorio navarro, donde reinaba su cuñado, que le ofreció el puesto de capitán general del ejército del reino, función que desempeñó cuando acabaron los días del duque de Valentinois, herido mortalmente en uno de los asedios de Viana, enmarcado dentro de los intentos de Fernando el Católico por hacerse con el control efectivo del reino hispano. 

            Los juicios emitidos sobre César Borja, han sido contradictorios y basados, generalmente, en intereses personales, creando así la leyenda negra del propio personaje y de toda su familia. El propio Francesco Guicciardini, historiador al servicio de los Médici y contemporáneo suyo, lo señaló como el asesino de su hermano, y también como el causante de la muerte por envenenamiento de su padre. César no inventó el veneno como arma política, éste ya gozaba de fama durante el quatrocento italiano de los Médici, Sforza, Malatesta y demás familias.
            En lo que parecen estar de acuerdo todos los historiadores modernos es en denostar el resto de leyendas creadas en derredor del duque: sus relaciones sexuales incestuosas con Lucrecia, su participación en todas las muertes violentas del período, y su gusto por los rituales demoníacos contrarios a la fe. La historiografía italiana de los s. XVII y XVIII, ofuscada por el enorme poder que una familia de origen valenciano había tenido en uno de los períodos más brillantes de su historia, intentó destruirla, sin tener en cuenta que la misma política,  fue utilizada por los Médici florentinos o, incluso, por el propio Julio II. A lo largo del siglo XX, esta imagen perniciosa de los Borja ha sido matizada, labor en la que también ha tenido una destacada participación la historiografía italiana.
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