RENACER CULTIRAL

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domingo, 22 de abril de 2018

¿Qué tienen que ver la orina y unas mujeres con una extraña enfermedad con el nacimiento de los sindicatos?

"El alquimista en búsqueda de la piedra filosofal" (1771) de Joseph Wright
Image captionComo buen alquimista, Brandt estaba en busca de la piedra filosofal cuando se topó con el fósforo.
En 1669, el alquimista alemán Hennig Brandt recogió orina en grandes cantidades, la metió en enormes cubas y la hirvió hasta que espesó.
A continuación añadió carbón y volvió a calentar la mezcla, sólo que esta vez a una temperatura de más de 1.500 ºC, lo que en sí era un logro asombroso.
El resultado fue un extraño líquido luminoso que ardía ferozmente cuando entraba en contacto con el aire y que Brandt pudo recoger bajo agua, donde mantenía un brillo más tenue.
El material se llamó fósforo -del griego phos, que significa luz, y forein, que significa traer-, y los alquimistas y protoquímicos de toda Europa trataron en vano de copiarlo.
Fue el mismo Brandt quien finalmente, en un momento de descuido cuando alardeaba en un bar, reveló el secreto, que se esparció rápidamente entre sus colegas y competidores.
Hierva una buena cantidad de orina fresca de tomadores de cerveza hasta que tenga la consistencia de la miel..."
Instrucciones para hacer fósforo del siglo XVII
GETTY IMAGES

Fósforo rojo

El hecho de que el fósforo fuera tan inflamable lo hacía un instrumento obvio para prender fuego y velas.
Y, cuando en el siglo XIX, dos empresarios británicos -el químico Arthur Albright y el comerciante John Edward Wilson- desarrollaron un proceso para extraer fósforo de huesos de animales, no fue difícil incorporarlo a la vida cotidiana de la gente.
"Los fósforos no suenan como una industria clave, pero en esa época no podías calentar la comida o el agua, o prender la luz... sin fósforos. Había fósforos en todas partes, en todas las habitaciones y se vendían en todas las esquinas de ciudades y pueblos", cuenta Louise Raw, historiadora social y autora de Striking a light.
El problema era que los fósforos del siglo XIX contenían una pequeña cantidad de fósforo. Fue eso lo que encendió una ahora legendaria disputa industrial protagonizada por las empleadas de una fábrica londinense.
Su huelga sentó las bases del movimiento sindical a nivel global.

Lucifer

Fósforo prendidoDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEra tan fácil de usar que se volvió inmensamente popular.
"Una de las puntas del fósforo estaba bañado en fósforo blanco. Era lo más peligroso pues el fósforo blanco es tóxico y fatal", subraya Raw.
"Así se hacía el fosforo más popular, apropiadamente llamado Lucifer, dadoslos efectos secundarios de trabajar haciéndolos".
Lo que hacía que estos fósforos fueran tan populares era que podías prenderlos casi en cualquier lugar: frotándolos contra una pared o la suela de tu zapato... cualquier superficie áspera.
Pero el hecho de que tuvieran fósforo era terriblemente negativo para quienes los producían.
Trabajando en las fábricas, esas personas inhalaban ese vapor día tras día con unas consecuencias horrendas.
Mujeres trabajando en fábrica de fósforosDerechos de autor de la imagenSCIENCE PHOTO LIBRARY
Image captionEn esta ilustración de una fábrica de fósforos, todo se ve muy normal, pero la realidad de quienes trabajaban haciendo fósforos antes de la huelga era horrenda.
"Empezaba con dolor de muela e hinchazón en la cara y la mandíbula inferior".
Se trataba de algo conocido como fosfonecrosis, una enfermedad profesional de quienes trabajaban con fósforo blanco.
"Las mujeres estaban tan desesperadas por no perder el trabajo que lo escondían, usando pañoletas, pues si los capataces se enteraban, las despedían, pues no querían casos de fosfonecrosis en sus libros", cuenta Raw.
"Lo que pasaba luego era que la mandíbula empezaba a descomponerse (necrosis es la muerte patológica de células o tejidos en un organismo vivo), y hay historias de la época que cuentan que lo peor era el olor del cuerpo pudriéndose", describe.
"Enormes abscesos en la mandíbula en los que salían pedazos de hueso (que brillaban con un color blanco-verdoso en la oscuridad). Ni siquiera los familiares aguantaban a los afectados viviendo bajo el mismo techo, así que en las últimas fases de la enfermedad terminaban viviendo en las afueras de la ciudad, con los leprosos".
"No todos morían pero aquellos que sí, tenían hemorragias en el celebro... una muerte horrible".
"Y en esa época lo único que podían hacer era cortar todo lo afectado para parar la enfermedad".
chica luciferDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionHasta las niñas que vendían fósforos en todas las esquinas -conocidas como "las chicas lucifer"- se veían afectadas.
Las condiciones en las fábricas eran terribles: no había ventilación, las horas eran largas y sin descanso.
"Las niñas y mujeres llegaban al trabajo, desenvolvían un pedazo de pan y lo ponían a su lado. Para cuando tenían tiempo de comérselo las partículas de fósforo que estaban en el aire ya lo habían impregnado. Y como eran pobres, tendrían huecos en sus encías de dientes perdidos por donde el veneno entraba fácilmente al hueso".
Bryant & May era entonces la principal firma de fabricantes de fósforos para el Imperio británico.
Era un negocio enormemente importante, que literalmente encendía las chimeneas y velas desde Londres hasta Calcuta y Sídney.
"Estaban muy bien conectados con los políticos de la época. Es por eso que incluso cuando otros países, prohibieron el fósforo blanco, Reino Unido no lo hizo, hasta bien entrada la década de 1910: el gobierno no quería enfrentarse a Bryant & May, pues sus ganancias eran demasiado importantes para la Economía".
La fuerza laboral en sus fábricas de fósforos consistía mayormente de mujeres y especialmente niñas, la mayoría inmigrantes irlandesas pobres, cuyos compañeros trabajaban en los puertos o en los proyectos de ingeniería del Londres victoriano.
Pero las condiciones se deterioraron tanto en 1888 que desafiaron el poder de esos empresarios.
Y ganaron.
Fósforos de la compañía líder en su producción: la muy poderosa Bryant & May.Derechos de autor de la imagenWELLCOME IMAGES
Image captionFósforos de la compañía líder en su producción: la muy poderosa Bryant & May.

La huelga de las fosforeras de 1888

Todo empezó con el despido de tres chicas muy populares que fueron acusadas de contribuir a un artículo de la periodista radical Annie Besant titulado "La esclavitud de blancas en Londres", que criticaba las condiciones laborales en la fábrica.
La protesta contra los despidos se convirtió rápidamente en una revuelta contra esas condiciones y las fosforeras fueron ganando apoyo a medida que el público se fue enterando más y más sobre la realidad de sus vidas.
Bryant & May intentó romper la huelga amenazando con trasladar la fábrica a Noruega o traer empleados de Glasgow.
El director gerente, Frederick Bryant, usó su influencia en la prensa. Su primera declaración fue ampliamente difundida.
'Sus empleados mintieronLas relaciones fueron muy amistosas hasta que los forasteros socialistas los engañaron. Él paga salarios por encima del nivel de sus competidores. Las condiciones de trabajo son excelentes ... Planean demandar a la Sra. Besant por difamación".
Pero nada intimidaba a Besant, quien ya tenía a un grupo de fosforeras que habían renunciado organizando la protesta.
Comité organizador de la huelga de las fosforeras.
Image captionComité organizador de la huelga de las fosforeras.
Además, llevó a 50 de las huelguistas al Parlamento.
"Las chicas eran astutas: les contaron a los parlamentarios sus experiencias. El ver a un grupo de mujeres pobres ahí era impactante. Una de ellas, que tenía 12 años, se quitó su tocado y mostró que no tenía pelo, pues cargaba fósforos en su cabeza desde su infancia", señala Raw.
"Esas visitas al Parlamento realmente cambiaron las cosas. Convencieron a los parlamentarios de que estaban diciendo la verdad, así que ordenaron una investigación independiente".
"La opinión pública también cambió y hasta los diarios se pusieron del lado de las empleadas".
Se creó además un fondo, con contribuciones de simpatizantes tanto de la clase media como de la baja. Se les pidió a las huelguistas que se registraran para la asignación de pago de huelga de acuerdo a lo que se necesitara.
"Bryant & May seguía diciendo que era mentira. Sin embargo, en poco tiempo, por la vergüenza de los políticos liberales y los clérigos que aparecían en la prensa identificados como accionistas, todo se volvió en su contra", relata la historiadora.
En cuestión de tres semanas, tras grandes marchas y mítines, Bryant & May aceptó casi todas las demandas de las mujeres.
Marcha de las fosforerasDerechos de autor de la imagenW.D.ALMOYD
Image captionLas marchas eran multitudinarias y en lugares centrales de Londres.

Las madres del movimiento

El impacto de esta huelga en particular fue sorprendente
"Yo he estudiado la influencia de huelgas antes y después de esta y la incidencia de protestas se dispara no sólo en Londres sino en toda Inglaterra, en Escocia, Gales e Irlanda", señala Raw.
"Empleados a los que no se les había permitido sindicalizarse -los más pobres y explotados- hicieron huelgas para exigir mejores condiciones. Y cientos de miles de personas se unieron a sindicatos".
La huelga de las fosforeras fue un catalizador vital para el 'nuevo sindicalismo'. Fue reconocido abiertamente por los líderes de la huelga portuaria un año después, en 1889, cuando John Burns hizo un llamado a decenas de miles de huelguistas diciendo: "Manténgase codo con codo. Recuerden a las fosforeras que ganaron su lucha y formaron un sindicato".
Las fosforeras les demostraron a los trabajadores que era posible unirse solidariamente en los sindicatos y tener éxito en sus demandas de salarios y condiciones razonables.
Los sindicatos nacieron en Reino Unido y, para Raw, "las fosforeras fueron las madres del movimiento sindicalista".
Respecto al peligro del fósforo blanco, para la década de 1930 había desaparecido de los fósforos.

El mito de la imbatibilidad de los británicos: de cómo el Imperio español supo hacerlos sangrar

«A los españoles por mar los quiero ver, porque si los vemos por tierra, que San Jorge nos proteja», afirma una popular cita datada supuestamente de los tiempos de lucha entre el Imperio español y la Monarquía inglesa. La amplia lista de derrotas inglesas cuestiona también la cacareada superioridad de la flota británica.

Ilustración de Blas de Lezo
Ilustración de Blas de Lezo - Nieto

El mito de la imbatibilidad de los británicos: de cómo el Imperio español supo hacerlos sangrar

«A los españoles por mar los quiero ver, porque si los vemos por tierra, que San Jorge nos proteja», afirma una popular cita datada supuestamente de los tiempos de lucha entre el Imperio español y la Monarquía inglesa. La amplia lista de derrotas inglesas cuestiona también la cacareada superioridad de la flota británica

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En 1558, las tropas francesas dirigidas por Paul de Thermes se enfrentaron a las españolas de Felipe II en una lucha que se mantuvo empatada hasta que una flotilla bombardeó por sorpresa la retaguardia gala. Aquella acción determinó en buena parte la victoria en la batalla de las Gravelinas, si bien quedaron dudas sobre cuál era la bandera de aquellos barcos. Los cronistas ingleses no tardaron en afirmar que se trataba de barcos británicos –en ese momento aliados con el Imperio español a través del matrimonio de Felipe II María Tudor–, a pesar de que lo más probable es que se tratara de la flota guipuzcoana cuya tripulación sirvió en la batalla. ¿Qué pudo llevar a los ingleses a achacarse una participación que nunca tuvieron?
Nada nuevo bajo el sol. Los ingleses han gozado siempre de la fama de que les gustaba inflar su protagonismo en acciones militares, ocultar derrotas como la acontecida en Cartagena de Indias en 1741 y sostener mitos imposibles a través de una portentosa propaganda. Sus exageraciones van desde que ninguna fuerza ha logrado atacar sobre suelo británico (sin ir más lejos en la batalla de Cornualles, 1595, Don Juan del Águila atacó varias villas británicas), hasta que sus fuerzas han resultado prácticamente imbatibles por tierra y, sobre todo, por mar. Los mitos ingleses tienen distintas formas y se extienden a lo largo de los siglos, pero resultan incapaces de ocultar la obviedad de que todos los países tienen sus desastres y su larga lista de derrotas.
La lista de fracasos de Inglaterra y de las distintas entidades políticas que han heredado su tradición (el Imperio británico y Gran Bretaña) es tan amplia como la de cualquier otro país. La Guerra Anglo-Francesa (1202-1214); la Primera Guerra de Independencia Escocesa (1296-1328); la Segunda Guerra de Independencia Escocesa (1332-1357); y la Guerra de los Cien Años (1337-1453), en este último caso más bien empate técnico, son algunas de las contiendas que perdió durante la Edad Media. No obstante, parte del mito asegura que la imbatibilidad y la superioridad de los ejércitos ingleses comenzó más tarde, durante el reinado de Isabel Tudor.
«A los españoles por mar los quiero ver, porque si los vemos por tierra, que San Jorge nos proteja», afirma una popular cita datada supuestamente de los tiempos de lucha entre el Imperio español y la Monarquía inglesa a mediados del siglo XVI. Dadas las características geográficas de las Islas británicas, los ingleses han podido centrarse a lo largo de su historia en tener la mejor flota, en detrimento de sus fuerzas terrestres, y se han implicado lo mínimo e imprescindible en las guerras continentales. Lo que resulta más complicado es delimitar cuándo se cimentó esta fortaleza naval, que se suele situar de forma imprecisa en aquel duelo al sol entre Felipe II e Isabel I. A decir verdad, Inglaterra ni siquiera salió bien parada del conflicto.
El Tratado de Londres de 1604 puso fin a la guerra
El Tratado de Londres de 1604 puso fin a la guerra

España ganó la guerra de la Armada Invencible

Los exitosos ataques al Caribe español, el fracaso de la Empresa inglesa y los sucesivos saqueos de Cádiz fueron compensados con la llamada Contraarmada, que devino en un desastre casi de la misma magnitud que el de Felipe II y en una serie de victorias españolas a lo largo de la siguiente década. En 1592, el marino Pedro de Zubiaurdispersó en las costas francesas un convoy inglés de 40 buques; en 1596, el pirata Francis Drake y su mentor, John Hawkins, se estrellaron en el Caribe, donde pretendían repetir los lucrativos saqueos de su juventud y hallaron la muerte frente a poblaciones que se habían fortificado en años recientes. Eso sin mencionar las incursiones de Don Juan del Águila tanto en Cornualles como en Irlanda, donde intentó encabezar una rebelión local contra los ingleses.
El Imperio español perdió a largo plazo su cetro de potencia naval en parte por aquel pulso, pero el tratado que puso fin al conflicto evidenció quién había ganado a corto plazo. Las negociaciones entre ambos países desembocaron en el Tratado de Londres del 28 de agosto de 1604. Los historiadores coinciden en señalar que se trata de un texto favorable a España, puesto que no solo obligaba a los ingleses a cesar en su apoyo a los rebeldes holandeses, sino que en uno de sus artículos autorizaba a los barcos españoles a emplear los puertos británicos para refugiarse, reabastecerse o repararse, es decir, que ponían a su disposición toda su red portuaria.
En lo referido al corso que había precipitado la guerra, el artículo sexto obligaba a ambos países a renunciar a la actividad pirata, sin letra pequeña. Muchos creyeron que este punto solo era papel mojado, entre ellos el último de los grandes corsarios isabelinos, Walter Raleigh(adaptado a lo bestia como «Guatarral» por los españoles), quien se embarcó por entonces en una expedición a América que le reportó un botín más bien escaso. De vuelta a Londres, Raleigh fue detenido y ejecutado por un delito de piratería a instancias del embajador español.
Representación del gobernador de Cádiz dando instrucciones a sus subordinados para organizar la defensa de la ciudad
Representación del gobernador de Cádiz dando instrucciones a sus subordinados para organizar la defensa de la ciudad
Todavía faltaba mucho tiempo para que Inglaterra fuera una potencia realmente temida. Tras el pacífico reinado de Jacobo I, Carlos I inició una guerra contra el Imperio español en parte como represalia a lo que él consideraba un humillante trato durante las negociaciones para casarse con una infanta española. Sin embargo, la guerra no dio los resultados esperados y, en 1625, un ataque naval contra Cádiz terminó con una estrepitosa derrota para Carlos, causándole el descrédito ante sus súbditos. Varias derrotas más, incluida la Rendición de Bredadonde había tropas inglesas desplegadas, llevaron a Inglaterra a firmar la paz en 1630 y a dar por finalizada su participación en la Guerra de Treinta Años. Los costes del conflicto y la mala gestión se sumaron a las disputas entre la Monarquía y el Parlamento que se alargaban desde el anterior reinado. Todo ello desembocó en la célebre Guerra Civil inglesa de la década de 1640 y la ejecución del Rey.
El siglo XVIII, no en vano, vivió el ascenso de Inglaterra a gran potencia naval, lo que no evitó que incluso una potencia en declive como España pudiera causarle importantes derrotas. La coletilla «el día que España derrotó a Inglaterra» y fórmulas similares para presentar las victorias hispánicas por mar como algo insólito suponen caer en la simplicidad. El catálogo de éxitos es lo bastante amplio como para hablar de dos rivales con un balance de victorias y derrotas bastante equilibrado. La gigantesca flota de Edward Vernon se estrelló en su intento de conquistar Cartagena de Indias en 1741; una flota franco-española venció a una inglesa en 1744 en Tolón; y durante la independencia de las 13 Colonias de Gran Bretaña hubo apoyo francés y español a los rebeldes, entre otras acciones favorables para los hispánicos.

22 derrotas por mar, y unas cuantas más

En la introducción de su libro «22 derrotas navales británicas» (Navalmil), Víctor San Juan explica que el origen del mito de la imbatibilidad inglesa, sobre todo naval, está en la atronadora sucesión de victorias de la época napoleónica. «La inexacta creencia de la imbatibilidad británica, consolidada con el inagotable aporte literario anglosajón, y llevado incluso más allá por el burdo y crédulo montaje propagandístico del cine, sigue imperando en las mentes a nivel popular, menospreciando a los que fueron adversarios de los marinos ingleses a lo largo de los siglos, españoles, franceses, holandeses, estadounidense, alemanes, japoneses y argentinos, considerados así y todos y por extensión perdedores absolutos», expone en la introducción de dicho libro.
Las derrotas citadas por Víctor San Juan incluyen las incursiones castellanas en la Guerra de los 100 años; el combate de Veracruz en el que John Hawkins fue derrotado en 1568; las derrotas frente a los holandeses durante el siglo XVII; el desastre en Santo Domingo en 1655; la derrota de Nelson en Tenerife; la derrota de Henry Harvey en San Juan de Puerto Rico, en 1797; la tragedia de Coronel en 1914 en Chile; y varios tropiezos de renombre durante la Segunda Guerra Mundial. La lista –advierte el autor– solo contempla unas cuantas del total y no entra a analizar las derrotas terrestres.
http://www.abc.es/historia/abci-falso-mito-imbatibilidad-britanicos-imperio-espanol-supo-hacerlos-sangrar-201702160134_noticia.html